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El fugitivo y ex preso Dom Toretto (Vin Diesel) y el detective Brian O’Conner (Paul Walker) vuelven a encontrarse en Los Ángeles y siguen llevándose igual de mal. Sin embargo, obligados a enfrentarse a un enemigo común, no les queda más remedio que unir sus fuerzas si quieren vencerle. Después del atraco a un convoy, los dos protagonistas descubrirán que si quieren vengarse, deberán llegar al límite de sus posibilidades al volante.

Shaun Boswell es un chico que no acaba de encajar en ningún grupo. En el instituto es un solitario, su única conexión con el mundo de indiferencia que le rodea es a través de las carreras ilegales, lo que no le ha convertido en el chico favorito de la policía. Cuando amenazan con encarcelarle, le mandan fuera del país a pasar una temporada con su tío, un militar destinado en Japón, que vive en un diminuto piso en un barrio barato de Tokio. En el país donde nacieron la mayoría de los coches modificados, las simples carreras en la calle principal han sido sustituidas por el último reto automovilístico que desafía la gravedad, las carreras de “drift” (arrastre), una peligrosa mezcla de velocidad en pistas con curvas muy cerradas y en zigzag. En su primera incursión en el salvaje mundo de las carreras de “drift”, Shaun acepta ingenuamente conducir un D.K, el Rey del Drift, que pertenece a los Yakuza, la mafia japonesa. Para pagar su deuda, no tiene más remedio que codearse con el hampa de Tokio y jugarse la vida.

Brian O’Connor (Paul Walker), un policía caído en desgracia, fue un adicto a la velocidad y ahora está pagando el precio por ello. Tal como lo ven sus antiguos jefes y los altos mandos del FBI, este agente de incógnito les echó a perder una de las investigaciones más importantes que habían emprendido. Al ver sus lealtad puesta a prueba tras haberse infiltrado en el mundo de las carreras clandestinas nocturnas de Los Angeles, O’Connor destapó su identidad y dejó huir, montado en su moto de carreras preparada, al jefe de una banda criminal.

Dominic Toretto (Vin Diesel) conduce por las calles de Los Angeles como si le pertenecieran. En lo que respecta a su equipo de gente, de hecho le pertenecen. Se pasa los días poniendo a punto autos de carrera de alta performance: la marca y el modelo importan menos que el sistema de inyección controlado por computadora que los hace volar por el aire. Por las noches, ‘Dom’ pilota su propio auto, embolsando 10.000 dólares cuando alguien tiene el coraje de desafiarlo en una carrera. Las carreras son un espectáculo callejero, campo de batalla y de reunión tribal, alimentadas de adrenalina, tensión y velocidad salvaje y fuera de control.
