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En la época de Brezhnev, Andrei Filipov era el mejor director de orquesta de la Unión Soviética y dirigía la célebre Orquesta del Bolshoi. Pero en plena gloria, tras renunciar a separarse de sus músicos judíos, entre los que estaba su mejor amigo Sacha, fue despedido. Treinta años después, sigue trabajando en el Bolshoi, pero ahora… como limpiador. Una noche que Andrei se queda hasta tarde sacando brillo al despacho del jefe, encuentra un fax dirigido a la dirección del Bolshoi: se trata de una carta del Teatro de Châtelet invitando a la orquesta oficial a que vaya a dar un concierto a París. De repente, a Andrei se le ocurre una idea loca: ¿por qué no reunir a sus antiguos compañeros músicos, que viven de hacer trabajillos y chapuzas, y llevarlos a París, haciéndoles pasar por el Bolshoi? La tan esperada ocasión de tomarse la revancha por fin ha llegado.

El ex operador de Fuerzas Especiales Frank Martin vive lo que parece ser una vida tranquila a orillas del Mediterráneo francés, donde presta sus servicios como un transportador, un mercenario que traslada bienes humanos o de cualquier tipo de un lugar a otro. Siempre sin preguntas de por medio. Frank, que en su Mercedes equipado lleva a cabo misiones secretas y a veces peligrosas, se apega a un estricto juego de 3 reglas que nunca rompe:
Uno: Nunca modifiques el trato
Dos: Omitir nombres, Frank no quiere saber para quién trabaja o qué es lo que transporta
Tres: Nunca ver qué hay dentro del paquete
La carga más reciente de Frank aparenta ser igual a los incontables paquetes que ha entregado en el pasado. Ha sido contratado por un norteamericano conocido solamente como Wall Street para que lleve a cabo una entrega. Pero cuando Frank se detiene en el trayecto, se da cuenta de que su paquete… se mueve?

Mientras Frank disfruta un apacible día de pesca en Marsella, recibe el encargo de una nueva misión. Pero es a su casa a donde llega un amigo suyo que acaba de protagonizar una espectacular persecución desde un paso fronterizo, acompañado de una misteriosa joven, que le hace notar un detalle: el grillete que lleva puesto no le permite abandonar el auto. Demasiado tarde para el amigo, que ya está en la ambulancia… ¡Boom!

